La música suena cual sentencia de despedida aproximándose. Él se pierde contemplándola. Ella sabe que no puede detenerse en formas que los acerque al deseo. Un deseo de quedarse eternamente juntos, sin importar quién los mire, quién los juzgue. Él aguarda a que ella se acerque un poco más para no parecer ansioso. Ella disimula una mirada que la delata en la añoranza de que él descubra sus ganas de ser besada. Él vuelve el rostro para rozar su mejilla cuando ella decide tocar su brazo en señal de despedida. Él aprovecha el estiramiento confuso de brazos para rodear su cintura al quedarse sentado. Ella permite que su cabeza descanse en su hombro al permanecer de pie a su lado. Ambos cuentan los segundos abrazados para no causar revuelo entre la multitud de extraños, que se pregunta por qué dos amigos se abrazan tanto… ella se aleja guardando el recuerdo en sus entrañas, él se queda atrás mirando cómo su mundo se va caminando, un paso más cerca de la puerta, un paso más lejos de sus brazos.
De esas historias contadas tantas veces que van perdiendo el sentido de realidad y se convierten en mito urbano, cuento de nunca acabar y deseo inconcluso de segundas partes que nunca llegan por orgullo, miedo y frialdad...
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